¿Dónde está Dios cuando la tierra tiembla? Reflexión ante el dolor de Venezuela

El suelo bajo nuestros pies se ha movido y, con él, nuestras seguridades. Ante la angustia de la emergencia, los escombros y el miedo natural a las réplicas, es inevitable que el corazón humano mire al cielo buscando respuestas. Cuando la tragedia golpea a nuestro país, brota casi de inmediato una de las preguntas más antiguas y dolorosas de la humanidad: ¿Por qué, Señor? ¿Es esto un castigo?

En medio de la confusión y el dolor que hoy embarga a nuestra amada Venezuela, necesitamos mirar la realidad a través del lente de la fe para no caer en la desesperanza.

Dios no castiga con tragedias

Cuando enfrentamos la pérdida de nuestros hogares, la angustia por nuestros seres queridos o el trauma de un desastre natural, es muy común escuchar a personas decir que "Dios nos está castigando". Sin embargo, la Palabra de Dios es tajante para despejar esta falsa imagen de un Dios vengativo.

El apóstol Santiago nos dice claramente:

"Que nadie, al ser probado, diga: «Es Dios quien me prueba». Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni prueba a nadie con él... Todo buen regalo y todo don perfecto vienen de arriba, descienden del Padre de las luces" (Santiago 1, 13.17).

El Catecismo de la Iglesia Católica arroja una inmensa luz sobre este misterio (n. 310 y 311). Nos enseña que Dios no es el autor del mal. La creación no salió de las manos del Creador totalmente acabada, sino "en estado de vía" hacia su perfección. Esto implica que, en el mundo físico, existen procesos naturales (como los movimientos tectónicos) que pueden causar destrucción. Las tragedias naturales son producto de un mundo finito e imperfecto, no flechas de castigo lanzadas desde el cielo. Dios es amor absoluto; de Él solo mana la vida.

Jesucristo entre los escombros

Si Dios no envía el terremoto, entonces, ¿dónde está Dios en medio de la tragedia?

Ante el misterio del dolor humano, Dios no nos dio una respuesta filosófica o distante; nos dio una respuesta de carne: Jesucristo. En su profunda carta apostólica Salvifici Doloris, el Papa San Juan Pablo II nos recordaba que Cristo no vino a suprimir el sufrimiento del mundo, ni siquiera a explicarlo por completo, sino a llenarlo de su presencia.

Dios está llorando hoy con las madres que sufren por sus hijos. Dios está bajo los escombros sosteniendo a quienes sienten miedo. Dios está presente en las manos llenas de polvo de los rescatistas, de los médicos y de los vecinos que remueven piedras. No sufrimos en soledad; el Señor, que experimentó la intemperie, la sed y la cruz, padece hoy a nuestro lado.

De la tragedia al milagro de la solidaridad

San Pablo nos deja una promesa que debe ser nuestra ancla: "Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8, 28).

Si bien Dios no causa la tragedia, su Providencia es tan poderosa que es capaz de sacar un bien mayor del mal. Y ese bien mayor es el milagro de la solidaridad. Este sufrimiento colectivo se está convirtiendo en el crisol donde se forja la mayor red de hermandad y resiliencia entre los venezolanos.

Por eso, nuestro dolor exige una respuesta de amor en la realidad cotidiana. Como cristianos, estamos llamados a ser luz en la emergencia a través de dos acciones concretas:

  1. Purificar nuestro lenguaje: Frenemos la propagación del miedo espiritual. Si escuchas a alguien decir que el sismo es un castigo divino, respóndele con dulzura: "Dios está llorando con nosotros y Él es nuestra mayor fortaleza". Seamos portadores de esperanza, no de terror.

  2. Ser el abrazo de Dios para el que sufre: Identifica a alguien en tu comunidad que haya sido gravemente afectado. No es momento de largos sermones teológicos, es el momento de la caridad práctica: comparte tu agua, ofrece un plato de comida, ayuda a limpiar un espacio o, simplemente, siéntate a escuchar en silencio a quien necesita desahogarse. Sé hoy las manos y el rostro compasivo de Cristo.

Una oración por nuestra tierra

Si hoy sientes que el miedo te paraliza o que la tristeza te abruma, te invito a cerrar los ojos un momento y hacer tuya esta oración:

Padre Bueno, de quien desciende todo don perfecto. Hoy te entrego el dolor de mi país, el miedo que sentimos y las lágrimas de quienes lo han perdido todo. Perdóname por las veces que he dudado de tu amor frente a la tragedia. Señor Jesús, Tú que conociste el sufrimiento en la Cruz, sé nuestro refugio. Te pedimos por el descanso eterno de los fallecidos, por el consuelo de sus familias y por la fuerza inagotable de quienes ayudan en los rescates. Cuando la tierra bajo nuestros pies se mueve, sé Tú nuestra única Roca firme. Amén.

Recuerda siempre: No hay dificultad que DIOS no pueda transformar en bendición.

Déjame saber en los comentarios de este artículo cómo estás viviendo estos días y por quién deseas que recemos como comunidad. Unidos somos más fuertes.

José Fran Álvarez | @lalectiodivina

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